Derechos humanos: entre 1 y 3 millones de musulmanes fueron enviados a campos de detención en China

En la región de Xinjiang, al noroeste de China, hay cerca de 11 millones de habitantes Uyghur, un grupo étnico de práctica religiosa musulmana. Se trata de la mitad de la población de la región, en un país donde la secularidad religiosa es reforzada con una mano dura.

Desde hace decadas han habido tensiones entre la población Uighur y el regimen chino, pero en los últimos 6 años esas tensiones han escalado a reinado de terror del regimen sobre el pueblo musulmán. El Partido Comunista Chino ha arbitrariamente detenido a entre 1 y 3 millones de Uighurs en campos de confinamiento llamados “centros de re-educación”, adonde se los fuerza a atravesar programas de adoctrinamiento psicológico tales como el estudio de propaganda comunista y darle las gracias a Xi Jinping. Se han reportado también torturas y abuso, incluido abuso sexual, por parte de los oficiales chinos en estos campos. Se trata del aprisionamiento a gran escala de personas motivado por motivos religiosos más grandes desde el Holocausto.

Los “centros de re-educación” son solo una de la amplia gama de políticas cuestionables con las que el gobierno chino ha sometido a la población Uighur. Entre otras medidas, se ha convertido a la región de Xinjiang en una zona extremadamente vigilada, con niveles de despliegue de fuerzas de seguridad y de cámaras de vigilancia mucho más altos que en el resto del país. Además, el New York Times ha denunciado que los barbijos que China ha estado exportando al mundo en estos últimos meses son producto de trabajo esclavo realizado por los Uighur.

En su defensa, el gobierno ha argumentado que los campos de re-educación son centros de entrenamiento vocacional, donde se le enseñan oficios a los residentes con el fin de incorporarse al mercado laboral. Tambén ha justificado la extrema vigilancia en Xianjing bajo el mantra de la lucha contra el terrorismo.

Según reportó John Oliver en Last Week Tonight, la presión internacional motivó al gobierno chino a empezar a cerrar estos campos de detención. Pero pareciera que el remedio es aún peor que el problema. Los Uighur no están siendo liberados sino juzgados de forma cuestionable e ingresados al sistema carcelario formal.

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