
Brasil en la encrucijada: el pueblo define en balotaje entre la democracia y la barbarie
Enzo Amadeo Marquez
La jornada democrática en el gigante sudamericano dejó un mapa político crujiente, polarizado y con un veredicto ineludible: la moneda sigue en el aire. Con el 99,95% de las mesas escrutadas, el escrutinio oficial confirmó que ninguno de los dos principales aspirantes al Palacio del Planalto logró perforar la barrera del 50% de los votos válidos necesaria para consagrarse en primera vuelta. El candidato de la extrema derecha y referente del Partido Liberal, Flávio Bolsonaro, consolidó un sorpresivo 47,5%, mientras que el actual mandatario y líder de la centroizquierda, Luiz Inácio Lula da Silva, obtuvo el 45,14%.
Esta mínima diferencia porcentual obliga a postergar la definición definitiva al balotaje del próximo 25 de octubre, abriendo una ventana de tres semanas de máxima intensidad que determinará no solo el rumbo interno de Brasil, sino el balance geopolítico de toda América Latina.
Desde el rigor del análisis político, los resultados de este domingo exigen una profunda autocrítica puertas adentro del Partido de los Trabajadores (PT).
El búnker oficialista no se encuentra en una situación para tirar manteca al techo; si bien el entorno de Lula manifiesta una alegría contenida porque el escenario los mantiene competitivos, el clima general dista mucho de ser festivo. El mandatario incurrió en errores estratégicos al encarnar una campaña marcadamente personalista, centralizando toda la tracción electoral en su figura histórica en lugar de abrir el juego hacia nuevos liderazgos territoriales. Asimismo, su gestión pagó un costo elevado en los grandes centros urbanos debido a la incapacidad de ofrecer respuestas contundentes a la problemática de la inseguridad y el avance del crimen organizado, dos banderas que la demagogia de la extrema derecha supo usufructuar con pericia discursiva en las semanas previas.
La contracara del tablero muestra un bolsonarismo envalentonado, aunque con matices. Los armadores de la derecha celebran haber superado las proyecciones más optimistas de las consultoras de opinión, pero no lograron el objetivo maximalista de liquidar el pleito en primera vuelta.
Para consolidar ese crecimiento, la maquinaria del Partido Liberal volvió a respaldarse en un factor corporativo sumamente alarmante: la manipulación de la fe. En un país donde el 30% de la población se adscribe al credo evangélico, los pastores de las grandes corporaciones religiosas rompieron cualquier principio republicano de separación entre Iglesia y Estado para imponer un adoctrinamiento directo desde el púlpito, forzando a sus fieles a votar por un proyecto que paradójicamente contradice el 50% de los valores de solidaridad de las sagradas escrituras. Mientras la derecha acusa falsamente a la educación pública de ideologizar, utiliza los templos para garantizarle votos a un candidato subordinado de manera explícita a la agenda transnacional de Donald Trump.

Ante este panorama, la estrategia de Lula da Silva para los próximos veinte días estará enfocada en reactivar las porciones dormidas del electorado. El verdadero botín de la campaña radica en el preocupante 21% de ausentismo registrado en las urnas; un universo de millones de ciudadanos donde los analistas estiman que se esconde una enorme masa de votantes desencantados del propio PT que decidieron quedarse en sus hogares. El llamado del oficialismo buscará movilizar de manera urgente a los adultos mayores de 70 años —quienes en la legislación brasileña no tienen la obligación formal de sufragar— y a una juventud descreída, intentando convencerlos de que la pasividad solo convalida el avance de los modelos de exclusión.
La trascendencia de lo que se definirá el 25 de octubre trasciende las fronteras del Amazonas. De consolidarse un triunfo de Flávio Bolsonaro, el progresismo regional sufrirá un golpe letal, dejando al gobierno mexicano de la presidenta Claudia Sheinbaum como el último bastión de resistencia soberana frente a una ola conservadora dispuesta a restaurar las recetas de desregulación salvaje, quita de impuestos a las corporaciones y asfixia al bolsillo popular.
La derecha fomenta sistemáticamente la meritocracia y el individualismo para que cada ciudadano culpe a su propia suerte del fracaso colectivo del sistema económico. Los brasileños se enfrentarán en las urnas al dilema fundamental de nuestra era: democracia o barbarie. Dependerá de la memoria de las mayorías trabajadoras elegir entre el camino de la movilidad social ascendente y los derechos laborales de Lula, o transformarse en sirvientes dóciles del libre mercado global.


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