
Remate de soberanía: el Gobierno ofrece la ciudadanía argentina por "dos pesos" mientras Brasil y México lideran las inversiones
Enzo Amadeo Marquez
La desesperación por conseguir divisas internacionales y maquillar la fragilidad de las reservas del Banco Central llevó al Gobierno nacional a cruzar una frontera institucional inédita. En el pomposo cierre de la Argentina Week en la Embajada argentina en París, el ministro de Economía, Luis Caputo, junto al jefe de Gabinete, Diego Santilli, anunciaron con bombos y platillos el lanzamiento del Programa de Ciudadanía por Inversión. El esquema, que busca entrar en vigencia durante el cuarto trimestre del año, no es otra cosa que un remate liso y llano de la identidad jurídica y el pasaporte argentino al mejor postor. El oficialismo lo vende como un "faro de libertad", pero en el fondo desnuda la preocupante incapacidad del modelo libertario para atraer inversiones productivas reales sin recurrir al desguace patrimonial.
La letra chica del anuncio resulta escandalosa si se la contrasta con el esfuerzo cotidiano de los laburantes locales. El plan ofrece la ciudadanía argentina a extranjeros bajo dos modalidades exprés: realizar una contribución no reembolsable de US$ 350.000 directamente al Tesoro Nacional, o suscribir un bono público de US$ 800.000 creado específicamente para este programa. Para colmo, se ofrece una suerte de "promoción familiar": los cónyuges e hijos mayores pueden sumarse pagando un extra de US$ 100.000 cada uno, mientras que los menores de edad tienen una tarifa de apenas US$ 25.000. De esta manera, un magnate global puede comprar el estatus de ciudadano argentino para todo su grupo familiar por un total de US$ 500.000, una cifra equivalente a chirolas para el establishment extranjero, pero inalcanzable para millones de familias locales sumergidas bajo la línea de pobreza.

Esta controvertida entrega se produce, además, en una semana de extrema sensibilidad institucional, apenas días después de que la Corte Suprema sepultara la Ley de Tierras y habilitara la compra ilimitada de campos por parte de capitales extranjeros. La coincidencia temporal expone una matriz alarmante: primero desregulan el suelo para que los grandes fondos extranjeros compren nuestros lagos y recursos, y ahora les otorgan el pasaporte en tiempo récord para blindar legalmente sus patrimonios dentro de nuestras fronteras. Mientras al ciudadano de a pie se le aplican tarifazos asfixiantes en los servicios básicos y en el transporte público, la Casa Rosada le extiende la alfombra roja y la nacionalidad a los millonarios del mundo para que vengan a esquivar impuestos.
La paradoja económica del relato libertario queda expuesta frente a la cruda realidad del mapa regional. Mientras Milei justifica este manoseo de la ciudadanía argumentando que es el único camino para captar el interés de los mercados, los números demuestran todo lo contrario. Los países de la región gobernados por sectores que el propio Presidente descalifica sistemáticamente como "comunistas" o populistas —como México y Brasil— se consolidan cómodamente en el podio de la atracción de Inversión Extranjera Directa (IED) en América Latina. Esas naciones logran captar miles de millones de dólares anuales inyectándolos en sus industrias, su tecnología y su infraestructura real, sin necesidad de rifar su soberanía territorial ni de ponerle precio de liquidación a sus pasaportes nacionales.
En definitiva, la "Ciudadanía por Inversión" de Caputo no es un triunfo diplomático; es la confesión explícita de un esquema económico que no genera confianza genuina a largo plazo. Ante la mirada esquiva de los inversores serios que exigen estabilidad social y mercado interno, el Gobierno opta por la salida más corporativa y fácil: hacer caja liquidando el valor simbólico e histórico de la nacionalidad argentina. El Congreso de la Nación tendrá la responsabilidad de auditar este festival de pasaportes que confunde la patria con una sociedad anónima en liquidación.


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