
El mapa del desarme soberano: el fallo de la Corte que le abre la puerta al control corporativo de la tierra argentina
Enzo Amadeo Marquez
La soberanía territorial de la Argentina ingresó en una zona de profunda vulnerabilidad institucional tras la última e impactante resolución de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. A través de un fallo netamente procesal, el máximo tribunal revocó la inconstitucionalidad que pesaba sobre el artículo 154 del DNU 70/2023, reactivando la derogación de la histórica Ley de Tierras (Ley 26.737). Desde sectores legislativos críticos de la oposición y organizaciones ambientales se denuncia que este veredicto no es un simple formalismo técnico de abogados. En la práctica, significa levantar por completo las barreras de protección de los recursos naturales del país, dejando la mesa servida para un proceso de extranjerización agraria sin precedentes.
La normativa que el gobierno de Javier Milei borró de un plumazo por decreto —y que los jueces de la Corte restituyeron al rechazar la legitimación del Centro de Excombatientes de Malvinas De La Plata (CECIM)— establecía límites severos y racionales: ningún extranjero o grupo corporativo internacional podía poseer más del 15% del territorio rural nacional, provincial o departamental, ni superar el tope de 1.000 hectáreas en la codiciada zona núcleo agraria. Más importante aún, la ley prohibía explícitamente la venta de campos que alberguen cuerpos de agua relevantes, lagos, glaciares o que se ubiquen en áreas de seguridad de frontera. Con la caída de estos límites, el suelo argentino queda expuesto a la lógica del libre mercado financiero internacional, donde el interés social pierde sistemáticamente frente al poder del dinero.
La reactivación de esta desregulación salvaje alimenta fuertes sospechas en los cordones productivos sobre el avance de los mega magnates de la tecnocracia y las finanzas globales. La eliminación de topes cuantitativos permite que multimillonarios y fondos de inversión internacionales adquieran extensiones de tierra virtualmente ilimitadas, una dinámica que pone en jaque no solo la seguridad alimentaria sino también el acceso comunitario al agua potable. El peligro latente es la consolidación de "feudos corporativos" o enclaves extranjeros en zonas geopolíticamente sensibles, como la Patagonia o el Acuífero Guaraní, donde la autoridad del propio Estado argentino queda relegada frente a los intereses privados de los dueños de la tierra.
Este escenario reabre de manera urgente un debate postergado en la vida pública del país: la necesidad de un control verdaderamente democrático sobre un Poder Judicial de características aristocráticas. Resulta inadmisible para la salud institucional que un puñado de jueces que nadie eligió mediante el voto popular, atornillados en sus sillones de por vida, tengan la potestad absoluta de sellar el destino de la soberanía nacional y el patrimonio de los recursos estratégicos de la patria. Al fallar de espaldas a los intereses de la sociedad, la cúpula judicial demuestra una total disociación con las prioridades de un pueblo que asiste, desprotegido, al remate de su propio territorio.
Sin embargo, desde el análisis político, la resolución del máximo tribunal esconde un mensaje cifrado que busca sacarse el problema de encima. Al rechazar el amparo bajo el argumento de que el CECIM no tenía "legitimidad activa" para reclamar, lo que hizo la Corte fue tirar una verdadera bomba hacia el congreso de la nacion Los jueces se lavaron las manos procesalmente y le notificaron al arco político una regla de juego brutal: la Justicia no va a hacer el trabajo sucio.
Con este guiño indirecto, el tribunal desafía a la oposición y al oficialismo a que se arreglen en las urnas y en el recinto; si la política quiere frenar la entrega indiscriminada de los campos argentinos a manos de los mega magnates de la tecnocracia, va a tener que construir los consensos y los votos necesarios para voltear el DNU por sus propios medios en el Congreso de la Nación.
Frente a una justicia que opta por el formalismo antes que por resguardar el patrimonio común, las miradas vuelven a posarse sobre el Palacio del Congreso. La sesión especial convocada para mediados de octubre por la oposición en la Cámara de Diputados se convierte ahora en la última trinchera institucional para frenar el desarme soberano.
Modificar las estructuras de la Corte Suprema y dotarla de un control verdaderamente democrático surge ya no como una consigna abstracta, sino como un requisito de supervivencia elemental para evitar que el territorio nacional termine transformándose en una simple mercancía al mejor postor extranjero.


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